jueves, 26 de marzo de 2020

Otro año sin verano 5


           Las personas que pasan mucho tiempo en casa (cuidadores, amas/os de casa, parados, enfermos, hikikomoris, etc.) y que escuchan mucho la radio están alucinando con tanta sandez sobre cómo llenar el tiempo de encierro: redescubrir la casa, hacer ejercicio, conocerse a uno mismo y a la familia... Hablan como si la mayoría de los oyentes trabajaran en oficinas y vivieran en ciudades, como si todos lleváramos la misma vida.

Las Murallas, enero de 2016



           No entiendo a los urbanitas que al inicio de esta situación pensaron que era mejor salir de sus ciudades y pasar la crisis en zonas de veraneo o en localidades que no siempre tienen un hospital general. Si enfermas, ¿no es mejor estar en un centro hospitalario que conoces, cerca de tu casa, donde tienes todo lo que necesitas a mano? ¡Dulce pensamiento de invulnerabilidad!




           Me gustaría entender esa querencia o moda que obliga a la mayoría a irse de su casa en cuanto tiene días u horas libres. Con lo que cuesta tener una casa, equiparla, etc., ¿por qué no disfrutan de todo ello? Bueno, ahora tendrán que hacerlo.




           El gregarismo explica gran parte de nuestra conducta. No nos gusta la libertad social ni sentirnos minoría y ser rechazados. Nos movemos como los estorninos.

           Las redes sociales y los teléfonos inteligentes (que lo son porque han creado una adicción mundial) nos han convertido en borregos, y no podemos escapar porque para todo se nos exige estar conectados. Dicen que en esta época, a diferencia de las anteriores, somos individualistas y poco sociables; yo creo que somos una masa uniforme y vírica subyugada por las modas empresariales.




           Los teléfonos y sus cámaras: ideal para narcisistas exhibicionistas, que antes sólo eran adolescentes y ahora, de todas las edades. Extimidad. Gente haciendo el idiota en los balcones y en todas partes porque quiere ser el centro de atención y convertirse en viral. Influencers (palabro que me recuerda a la fluenza inglesa) que difunden desafíos absurdos. ¿A que no hacen un SilentChallenge o un Internet Silence Challenge para todo el tiempo que dure este aislamiento?




           El borregismo aterra: da igual que sea por histeria colectiva (esta época es especialmente propicia gracias a las redes: caza de pokemons, etc.) o por gregarismo ideológico. Observas la historia y la naturaleza humana, y da miedo porque no se puede controlar fácilmente. Se acaba como las plagas de langostas, de repente, cuando se quedan sin alimento.

           ¡Ese subidón que da el sentirse identificado con un grupo y arropado por él! El problema viene cuando el grupo dominante es irracional, histérico. Entonces no hay grises: o estás con ellos o contra ellos. En ese contexto, es mal asunto tener espíritu crítico y ser diverso. Te aísla realmente y puede destruirte.




           Nos gusta imponer nuestro criterio a los demás. En todos los estados políticos y sociales siempre hay gente que quiere hacerlo. En esta crisis no podía ser menos.




           A pocos días del inicio aislamiento, una vecina puso este cartel en el ascensor.




           Debemos evitar conflictos dentro y fuera de casa. Ningún vecino ha reaccionado, que yo sepa, pero como me ha molestado su tono, le respondo aquí y termino de desahogarme en estas entradas absurdas con fotos casi aleatorias que estoy haciendo en este blog durante el imperio del bicho. Terapia que me ahorro.

          En este edificio viven alrededor de medio centenar de personas, algunas de las cuales tienen que comprar lo imprescindible en supermercados en los que las estanterías están medio vacías, lo que obliga a volver a salir de nuevo. Se puede congelar pan y alimentos para algunos días, pero en las familias con numerosos miembros no hay suficientes congeladores en las casas para almacenar tanta comida en general y no todo el mundo tiene la salud adecuada para comer pan de molde o alimentos procesados.

           Hay gente que tiene que salir a hacer su propia compra y la de familiares mayores o enfermos. Hay vecinos sanitarios que van a trabajar y hacen guardias. Hay perros, que deben sacarse a pasear dos o tres veces al día. Y un largo etcétera. No salimos a la calle por gusto. A ver si controlamos la expresión de la  intransigencia, que de aquí a empezar a denunciar a la gente que nos cae mal, hay un paso.

¡Vaya si regnat! Calle Santiago, febrero de 2016



           Es probable que con esta crisis, la economía y las costumbres cambien. Estaría bien que la gente dejara de ser tan superficial, intolerante y radical con los demás (o estás conmigo o contra mí). Una cosa es tener tu opinión y otra es atacar directa y agresivamente a las personas que no la comparten o no actúan como tú. Para la mayoría, si no eres públicamente solidario, si no te ven colaborar, si no sales al balcón cuando toca, si no eres optimista y esperanzado, si no “lo que sea”, eres mala persona. ¡Cómo se echa de menos un poco de individualidad a veces!

Detalle



           Estoy pensando también en las manifestaciones del Día de la Mujer, además de los congresos, los conciertos y el deporte que hubo ese fin de semana.

          En febrero ya teníamos contagiados en la Península y ese fin de semana ya se había propagado, pero no se podía decir nada públicamente (ni siquiera a muchas amistades) sobre el peligro que implicaba ir a estos actos multitudinarios (me da igual la ideología): te podían atacar, te decían que era una tontería, te tachaban de antifeminista, ultra, etc.

Puente de la Ronda Norte, noviembre de 2017
 


           Ahora la gente se enfada con el gobierno porque éste no impidió dichos actos. ¿De verdad necesitaban que papá-dirigente les dijera algo tan obvio? ¿Después de lo que estaba pasando en otros países? Seguro que si los hubieran prohibido, la gente se hubiera enfadado y hubiera acudido a pesar de todo.

           No necesitamos que nos digan todo el tiempo lo que tenemos que hacer, sólo tenemos que estar informados, ser críticos con toda esa información y aplicar el menos común de los sentidos.

          Además, los gobiernos nos cuentan lo que quieren, como siempre ha sucedido en todas partes y en todas las épocas. ¿De verdad alguien se cree que un país dictatorial, opaco, que tiene comprada la deuda de medio mundo, ha tenido menos fallecidos que otro país europeo? Sí, me refiero a esa dictadura que ahora quiere culpar a otros del origen del virus.

          De cualquier modo, se lo han montado bien: son los primeros en superar la crisis, donan una parte del stock médico que les ha sobrado y después mejoran su economía produciendo y vendiendo más cantidad al resto del mundo.


 
          Seguro que ahora a los jefes de la UE (que de unión tiene poco) ya no les hace tanta gracia la idea de la deslocalización de empresas fuera de Europa. No se pueden poner todos los huevos en una cesta, que casi todos los productos que necesitamos se hagan fuera de nuestras fronteras porque allí es más barata la mano de obra.

           Tampoco me creo las cifras que están dando de nuestro país: no se hace el test a todo el mundo (hay gente contagiada y aislada en su casa, pero no consta como tal), dudo que se estén haciendo pruebas a todas las personas que fallecen ahora o que lo hicieron antes de marzo por enfermedades que se complicaron, etc. Siempre es lo mismo. Luego los historiadores se vuelven locos con los datos contradictorios y falsos.

           Durante estos días, buscar y recibir información de la situación y de las prohibiciones me ha llevado a tal saturación mental, que de vez en cuando tengo que aislarme informativamente (lo que me dejan en casa, que no es mucho): no estoy leyendo la prensa, pero supongo que habrá artículos periodísticos que ya estarán diciendo cosas similares más certeras que estas poco meditadas y viscerales que estoy soltando.



 
          Por cierto, me sorprende toda esa gente (a la que imagino alejada de la información habitual y felizmente absorbida por sus ocupaciones diarias) que dice que esta pandemia les ha pillado por sorpresa y que nadie la esperaba. La OMS lleva años alertando sobre ello. Supongo que creían que sería como el ébola, que se quedaría en otro continente. La globalización y el libre movimiento tienen estas cosas, sobre todo cuando el problema se origina en un país que produce masivamente para todo el planeta. No desprecio a esa gente asombrada, la envidio y creo que debería de empezar a dejar de informarme para ser despreocupadamente feliz.

           Como dicen por ahí, “vamos a salir de ésta”, sí, pero no mejor y no todos.





1 comentario:

  1. Bastante de acuerdo en casi todo. No diré que en todo todo, que sería alarmante, pero en casi todo. La pintada del Technologia tiene su aquél, sí.

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